Entradas

Las setas de la vida

H ace mucho tiempo en un reino lejano, un príncipe andaba solo por una arboleda, cuando observó que frente a él había una seta. Pero no era normal, era especial y única, como nunca viera antes. Esa es la razón que le hizo pararse. -            La cortaré y me la llevaré –dijo, sacando un cuchillo y cortándola-. Me la tomaré lo antes que pueda, con cualquier plato estoy seguro que irá bien.    Poco después se cruzó con un gnomo que silbaba al desencaminarse hacia su palacio. El gnomo le dijo entre silbidos: - Príncipe, tened cuidado con esa seta. No es una seta como el resto. Debéis tener precaución. Cualquier fallo, sin excepciones, sería terrible. -           ¿Por qué? -          Porque es una seta distinta, no como el resto, no como todas las setas que conocemos y probamos. Esta seta no la podéis comer de ninguna forma. Si lo hacéis podríais morir casi segu...

La pulsera excepcional

En l a orilla de un viejo lago en medio del bosque jugaban dos primos con una pelota. No había viernes que no se juntaran para pasarlo bien al tener sus hogares al lado. Sin querer, mientras jugaban, la pelota fue a parar al agua donde una ondina la atrapó y les amenazó: - Si lo que deseáis es que os la devuelva no os quedará otra que entregaros a mí.     Los niños amaban su pelota, pero con clara preferencia intentaron escaparse. La ondina que tenía los brazos famélicos, largos y duros como las raíces de un árbol les agarró con maledicencia a los jóvenes que no se libraron. Los primos tuvieron que trabajar para la ondina tiempo indefinido. A los dos primos les dolía hasta las manos de todo las que las utilizaban; lo único que les alegró es que uno de ellos encontró una pulsera.    Uno de las primeras obligaciones en cuanto a tareas que encomendó a los jóvenes fue que le pescaran todo tipo de peces y si olían a fetidez las prefería. Los primos se pasaban de sol ...

La mujer enmohecida

Habí a un joven y humilde impresor que fue a llevar unas copias de unos libros a otra imprenta en la otra punta del reino. Para llegar al destino el hombre tuvo que cruzar un espeso y espinoso bosque partiendo desde un pueblo donde residía para llegar a la ciudad que debía ir. Cuando el impresor se profundizó en la espesura en un comienzo fue por la senda más correcta, pero terminó por errar y se perdió por sus adentros.  -            Tenía que haberlo bordeado –dijo el impresor haciendo una pausa en mitad de la tarde-. Es una locura; ni siquiera sé si voy a llegar a tiempo.     Los árboles renegridos y espinosos no invitaban a quedarse y el hombre se dio toda la prisa que le permitieron sus flaqueadas piernas. El impresor procuró ir velozmente, pero se volvió a equivocar de camino y la noche se le vino encima sin excusas. Los graznidos de los cuervos resonaban y las sombras contagiaban al aire. El joven anduvo y lleg...

La gineta y el hombre de musgo

Hacía tiempo un librero que trabajaba en una de las librerías más populares de su nación salió en su día libre a recoger hierbabuena y menta para las relajantes infusiones que preparaba su mujer. El domingo, que era su único día de libranza, se despidió el librero de la esposa y por el campo sin planearlo se adentró en unos vecinos bosquecillos.     Al cabo de unas horas, el hombre tenía la cesta que llevó llena de hierbas aromáticas, pero igualmente quería hacerse con más al oler por los alrededores los aromas que le llegaban de las plantas frutales y de otras especies medicinales que contenían un perfume del todo peculiar.      El librero se enrolló en coger una y entretenerse con las demás, y al final, sin previsiones, no supo con los líos por cuál camino fue. Durante las andaduras al hombre se le pegaron plantas trepadoras, ramajes y raíces en las botas, talones y en parte de las piernas y la cintura.     Al librero le comenzó a pesa...

Bruma

En un tiempo que pocos recuerdan vivía una mujer con tanto valor y tanta hermosura que cualquier adjetivo calificativo sería insuficiente para describir inmensurable belleza. El ardiente sol sentía hasta apocamiento al aparecer delante de ella y hasta las palomas se reunían para cantarla por las mañanas en su ventanal cuando se asomaba al desayunar. Bruma habitualmente se ponía un traje precioso y engalanado, engastado en diamantes y con piedras brillantes salpicando la holgada falda. Si la mujer estiraba los brazos de pie sobre el alfeizar de la ventana comenzaba a volar al soplar los vientos y aun sin tener alas tenía esa capacidad, esta virtud. Bruma era una amante de las alturas y cada día comprendía menos a los hombres y más a los seres aéreos. En caso de castigarla su padre, la joven mujer se escapaba colgándose de la primera nube que veía o arrancaba a volar al ver delante de ella a una bandada de pájaros pasar cantando. Y bien si el canto de los pájaros e...