La mujer enmohecida
Había un joven y humilde impresor que fue a llevar unas copias de unos libros a otra imprenta en la otra punta del reino. Para llegar al destino el hombre tuvo que cruzar un espeso y espinoso bosque partiendo desde un pueblo donde residía para llegar a la ciudad que debía ir. Cuando el impresor se profundizó en la espesura en un comienzo fue por la senda más correcta, pero terminó por errar y se perdió por sus adentros.
- Tenía que haberlo bordeado –dijo el impresor haciendo una pausa en mitad de la tarde-. Es una locura; ni siquiera sé si voy a llegar a tiempo.
Los árboles renegridos y espinosos no invitaban a quedarse y el hombre se dio toda la prisa que le permitieron sus flaqueadas piernas. El impresor procuró ir velozmente, pero se volvió a equivocar de camino y la noche se le vino encima sin excusas. Los graznidos de los cuervos resonaban y las sombras contagiaban al aire. El joven anduvo y llegó a una hondonada donde crecían árboles flacos y tempranos que luchaban por abrirse paso entre la cantidad de arbustos para que el lejano sol incidiera sobre ellos. Algunos tenían aspecto fantasmal y algunas zarpas intentaron atraparle, pero el joven hombre echó a correr al saber que algunos tenían bocas dispuestas a comerse cualquier trozo de carne que les rozara.
Para cuando el impresor supo que no saldría de ahí, durante la huida, se encontró con un tenebroso castillo de piedra y desesperadamente llamó a la aldaba del portón y le abrió un señor calvo y desgarbado, con una túnica raída y aspecto moribundo.
- Por favor os ruego que me acojáis –imploró el impresor hecho polvo-; no tengo hoy dónde caerme muerto. ¡Os lo pido!
Lo que parecía uno de los criados del castillo se negó a darle auspicio, pero el joven insistió tanto y lo rogó de una manera tan necesitada que al final el sirviente le permitió pasar. El criado le dijo que su señor no se hallaba y que dormiría en un cuarto contiguo al portón. El impresor durmió bastante mal y se comió un pan pasado que le dejaron sobre la colcha y se despertó no sé cuántas veces por el crujido de lo que deberían de ser algunas ventanas o maderas del amurallado edificio al contacto del viento.
Antes del amanecer el impresor se desperezó y detrás del castillo había un patio adoquinado donde corría un gamo de un lado a otro con hiperactividad o es lo que vio desde su ventanita. Le ocasionó al joven hombre tanta ternura que como el criado aún ni nadie se hallaba levantado, para preguntarles las formas de salir de ese entuerto, se fue a jugar con el animal. Por mucho que el impresor se esforzó en acariciar al gamo no hubo manera, pues el animalillo se le escurría de los dedos y era de una inenarrable velocidad y de una destreza incomparable.
De pronto el mamífero se impulsó con carrerilla y salió lanzado, huyendo del castillo y metiéndose en el mar de vegetación. El impresor se dio cuenta que el animal le quitó la copia de los libros que debía imprimir el joven, agarrándolos el gamo con su dentadura, y loco de susto, con nervios, el hombre de letras fue tras el inalcanzable gamo. Corrió el impresor detrás como si se dejara la vida en ello, acabando, sin premeditaciones, tras más de dos o tres leguas de carrera, enfrente de un árbol que la puerta la formaban las raíces de un viejo fresno. Antes de que el gamo se metiera dentro (al hallarse aún cerrada), el impresor le rogó por las buenas y por las malas que finalmente se devolviera la copia de esos libros que tanto eran de su importancia.
En cambio, el gamo bramó, no hizo caso y sorteó al joven que intentaba atraparle con una mano y con la otra quitarle la arrebatada cadena. De tal forma, el impresor estuvo forcejeando y debatiéndose contra el mamífero por los libros. Al cabo de un tiempo, al ver el gamo que se le hacía eso pesado, soltó otro sonoro bramido y las raíces bailaron hasta separarse y el impresor siguió al animal antes de que la puerta; se cerrará con hermetismo.
Al otro lado el hombre se encontró delante del gamo (al que le quitó la cadena para ponérsela en el cuello) en un pasadizo que al final había un nido sobre un altozano de madera y cobre, perfilándose en la pared del final dos anchas puertas de pomos de oro; en el nido graznaba un misterioso cuervo lóbregamente, que no dejó de mirar al impresor que le dijo: - ¿Dónde estoy? ¿Qué es todo esto?
El gamo le siguió.
- Tienes dos caminos para elegir –le dijo el pájaro.
- ¿Cómo? –no entendió el hombre de letras.
- Digo que sólo cuentas con dos caminos en caso de querer escapar –graznó el cuervo con aire cabalístico-. Puedes seguir por esta puerta de la izquierda que te va a llevar a través de un túnel de hiedra y otros atroces peligros o la otra puerta de la derecha te conducirá a una serie más de portones que te empujarán hacia una serie de habitaciones invadidas por la niebla, la oscuridad y el desconocimiento.
- ¿Los dos caminos tienes salidas? ¿O sólo tiene salidas uno? –indagó el impresor con indecisión.
- Los dos tienen salidas, pero no igual de sencillas...
Finalmente el impresor escogió la puerta que le llevaba por el túnel que bajaba tortuosamente hacia abajo y el gamo le antecedió. Al abrir la puerta el cuervo se pulverizó y al cerrarse tras ellos vieron el gamo y el impresor que tenían efectivamente ante ellos una especie de vertiginoso pozo que descendía de una manera muy pronunciada; en las paredes del mismo crecían con salvajismo una suerte de plantas trepadoras, acorazadas de pinchos y espinas.
- ¿Cómo bajaremos? ¡Es casi impracticable! Ese cuervo maldito nos dijo que era en llano no que era un descenso tan marcado. ¿Por qué me has tenido que quitar los libros, señor gamo? –se puso irónico el joven-. Ahora tendría que estar en la ciudad y en la imprenta imprimiendo y no en este ilocalizable lugar perdido del mundo que huele a cenagal. ¿Qué te hecho yo? ¿Cómo haremos esto? Si no puedo bajar tú menos aún con esas pezuñas y con lo que pesas...
El gamo profirió un cariñoso bramido y le hizo una señal con los ojos, entendiéndolo el liado hombre incomprensiblemente. Entonces el impresor le tocó la punta del hocico y surgió un pañuelo que se lo puso en la fría mano, surgiendo del mismo una escalerilla que asombrosamente colocó en el inicio del pozo y lo dejó caer al vacío en el cual el final no se llegaba con la vista a alcanzar. El impresor acarició al gamo y le empezó a coger cariño, sabiendo que tenía algo de especial el animal. Les costó a los dos, pero tanto el gamo como él consiguieron con la ayuda de la escalera llegar al fondo tras una hora de dura bajada y varios tropiezos que no acabaron en susto.
Abajo, en el suelo, había otra puerta que abrieron con desconfianza y se encontraron sobre una barca en un río que les empujaba y que corría a través de un túnel invadido por una luz potente y remota que no alcanzaban a discernir. No tenían remos y veían que las fauces de varios cocodrilos querían engullirlos y entonces el impresor tocó el hocico del gamo y surgieron unas unos remos con alas que al bogar hacia que la barquita levitara en el aire y así los voraces bicharracos no se los comieron de milagro. ¡Uyyy! ¡Por qué poco! Al final, tras la catarata de luminosidad, diferenciaron un portón cubierto de algas, cieno y plancton por el que pasaron.
Al entrar con dificultad, al permanecer el pomo deslizante al tacto y arrancándole casi la mano un cocodrilo de una colérica dentellada en ese delicado intento, terminaron en una caverna llena de ventanas que pintaban unos gnomos ( que tuvieron que eludirlos de los pesados que eran), metiéndose los dos por la más apaisada y llegando a una cámara que tenía tanta vegetación, tanto musgo y tanta lozanía que el impresor se pensó que volvieron al exterior, pero certeramente no era así al mirar que los techos, en exceso, estaban impregnados de hierba y follaje. Había tanta humedad que los troncos de los árboles estaban blancos y la corteza era moldeable al poder hundir el impresor un dedo en los troncos endebles. Lo único que examinaron el impresor y el gamo fue unas mariposas que volaban entre la flora con sosiego.
Al fondo de la frondosa cámara algo les atrajo a los dos para descubrir qué era. El impresor y el gamo oyeron en todo momento piares, cantares, runrunes, aullidos, zumbidos y trinares y nadie supo de dónde venían al no haberse encontrado con ningún ser vivo en la escasa marcha bajo esa prolífica y fértil cueva. Tras tanta espesa maleza el impresor y el gamo atisbaron al final una cama invadida de helechos y musgo donde dormían una mujer, cuyo rostro se hallaba salpicado de setas y moho que crecieron por la piel. El vestido de fino hilo blanco lo cubría el cieno, la salvaje vegetación y otros hongos pálidos y viscosos.
De tal forma, el impresor le miró al robusto gamo con expresión de desconcierto y el gamo le habló con los ojos. Entonces el hombre de letras le tocó el hocico al animal por tercera vez y aparecieron de entre los dedos del impresor un mantón mágico que al rozarlo con ello al gamo éste se convirtió en el monarca que fue. El rey cogió en brazos a la mujer y dijo corriendo en dirección por donde vinieron: - ¡Te debo la vida!; ¡gracias por librarme de esta maldición, joven! ¡Tenemos que salir antes del último día de la primavera que es hoy para poder liberar a mí prometida de la maldición!
Rebasando otra puerta oculta que conocía el príncipe sólo para salir escaparon a paso raudo hacia el exterior, hacia el corazón del bosque donde los las viejas centellas de luz del final de la primavera hicieron que la princesa retomará su antiguo y hermosísimo aspecto. Le contó la pareja al impresor que eran los reyes de ese reino huérfano y que cuando paseaban una mañana, en uno de sus paseos por allá, días antes de comprometerse, un perverso brujo que huyó le condenó a ella a estar enmohecida hasta ser salvada. Y al rey le maldijeron dejándole como un gamo vagando en la tristeza y el destierro.
El gesto del joven hizo que fueran para siempre amigos los reyes y él, invitándole la pareja a su casamiento y pudiendo llevar los documentos a la ciudad para imprimirlos, regalándole una imprenta más grande el rey y sintiéndose el impresor más afortunado del reino que recuperó su esplendidez.
El gesto del joven hizo que fueran para siempre amigos los reyes y él, invitándole la pareja a su casamiento y pudiendo llevar los documentos a la ciudad para imprimirlos, regalándole una imprenta más grande el rey y sintiéndose el impresor más afortunado del reino que recuperó su esplendidez.
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