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La bota mágica

Mu cho tiempo atrás había  una bota que era tan estupenda que te podía llevar a cualquier parte sólo con calzarla con un pie. Bastaba dar un salto para llegar adonde quisieses; pero la bota únicamente se haría al pie y sería fiel servidora si andabas y te amistabas con ella.    Porque era una bota diferente. Era una bota que podían desear hombres ricos, caballeros andantes, magos o incluso gigantes. Era una bota única porque no era como el resto de botas, era una bota cual pocas hay; la verdadera gran bota mágica.    En muchos rincones de aquel lugar se había oído hablar de ella. Todos decían lo mismo para bien. Era tan popular porque se ajustaba al pie de quienquiera que la calzara en ese momento, fuere cual fuere, viniere de dónde viniere. Era una bota... una bota lustrosa y brillante con cordones de oro. Y era tan querida que hacía de bien quien hablase de ella.    Cierto día, un duque que andaba con su caballo, se encontró la bota mágica debajo de ...

Fruno

Había una vez un pruno que era el único del bosque que tenía la cualidad de hablar y de andar, pero le ocurría cuando era de día, puesto que bajo la luz de la luna se mostraba inerte y sin movimiento como cualquier otro de sus semejantes. Cuando era de día el árbol iba de un lado a otro de sus proliferas tierras y quedaba largo rato sorbiendo y bebiendo con su ancha boca de los ríos y charcas. Dicho lo cual, le agradaba alimentarse con las frutas que caían en la hierba y otras variedades de semillas. Fruno no se relacionaba con los suyos al ser mudos e inexpresivos todos y no tener nada que decirse con ellos.     El árbol siempre solía meditar en alto en sus paseos diurnos: - "¡Caray! Mejor solo que mal acompañado. Y es cierto. No necesito a demasiados acompañantes para no sentirme solitario y desafortunado. Me alegra que las aves se relacionen y se posen sobre mí, y en el fondo son con las que más trato."     Y la verdad es que Fruno tenía razón y era casi...

La rana Esteban

Hace años vivía un campesino viudo con un hijo que solía escaparse mucho para disfrutar de aventuras, porque era un aventurero como casi ningún otro conociera el mundo. Al pequeño le conocían con el nombre propio de Esteban. Siempre que podía salía el chico a descubrir nuevos escondrijos por los alrededores, pero hubo una vez que fue más allá del bosque que se extendía frente a su casa y, cuando menos lo creyó, se encontró con un nido vacío y dentro vio que había una pulsera.    "¡Qué interesante! –se dijo-. No tiene pinta de ser una pulsera cualquiera. Me la voy a quedar."    Al ponérsela se dio cuenta Estaban que tenía la increíble capacidad de dar saltos tan prolongados que incluso podía llegar a las copas de los árboles más altos. De esa manera cada que se iba de casa para jugar o realizaba alguna de sus escapadas habituales se ponía la pulsera para ir dando saltos como un loco allá donde fuera. Un inesperado día se le hizo más tarde que de costumbre, y cuando el...

Los cinco príncipes de la nieve

Hacía mucho tiempo se encontraba un poderoso emperador cazando en un gran y umbroso bosque con sus hombres. En una de esas veces salió disparado por un enorme ciervo que entrevió tras la maleza y tan raudo fue a por la pieza que los guardias imperiales no pudieron cogerle y le perdieron repentinamente de vista. Lo peor de todo es que el monarca no cazó al final a ese ciervo y al anochecer tuvo que detener el caballo y comprendió entonces que no tenía caminos de retorno y salidas y aunque trató de buscarlos no dio con ninguno. En ese instante tras la penetrante oscuridad le sorprendió una anciana decrépita y huesuda, que era una conjuradora. -            Buena señora –le dijo el Emperador con un tono de solemnidad y respeto-, ¿podríais indicarme alguna manera de salir del bosque? -            Claro, claro, Señor emperador. Sin andarme con rodeos –atajó apoyándose en un bastón nudoso-… podr...

Paulina y las fresas de la musaraña

Érase una vez una madre que tenía hija y era hija única y trabajaban recogiendo fresas para vendérselo a los freseros del país, pues era un país muy pequeño y era de extenso lo grande que era el arco iris que lo abarcaba. Y he aquí, últimamente, venía una musaraña y se ponía a comer de las fresas con bastante caradura. Le dijo, tras lo visto, la madre a la hija, que la niña tenía el pelo del color del oro, era bella y benévola de alma, y con una sonrisa que encantaría hasta al sol: -            ¿Por qué tenemos tantos ladrones por la zona? ¡Narices! ¡Paulina ve al huerto y echa a ese animalillo!    Y va la hija al huerto y le dice a la musaraña:  -            ¡¡Ffffussss, fusssss!! ¡Fuera! Ya vale de comerte todas las fresas. ¡Fuera!    Y dice la musaraña:  -            ¡Espera! ¡Espera! ¿Quieres niñita que te lleve a mi hogar? ¿...