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La culebra fastidiosa

Una culebra habitaba en un lejano campo. Enfadosa era con los demás aparte de molestar a todos los habitantes del lugar. Sin duda con los que menos hacia migas era con los topos que solo trataban ocasionalmente con la culebra debido a los fastidios que ocasionaba. Todos los días reptaba entre la hierba, molestaba a las cabras y ternerillos que tomaban el sol, pero siempre volvía al mismo punto y acababa arruinando los agujeros que hacían los topos para entrar en ellos solo por el mero hecho de que se regocijaba en el mal ajeno.      La culebra, malacostumbraba a tapar los orificios con el extremo de su larga cola, justificando esto el comportamiento y el pensamiento de los topos sobre el reptil, que para nada eran buenos... Una tarde antes de que obstruyera con la cola una de las entradas a los pequeños túneles, un topo se acercó y dijo con voz tranquila delante de la culebra: - Señora Culebra le rogaría que no taponara ni rompiera nuestras casas, pues todas las mañanas, ...

Gran príncipe Parte 2

A Juanín le llamó tanto la atención que, sin duda, comprendió al tocarla que durante meses y no menos años, sería feliz y se sentiría con una dicha que jamás se borraría de su corazón. Y así fue, desde luego. Desde aquellos días le fue fenomenal; su padre estaba enriqueciéndose, trabajo que les cambió por completo la existencia.       Con el paso de los años, hubo una vez, que Juanín sacó la pluma a pasear, cosa que jamás hiciera en el pasado, tiempo después de que falleciera ese mendigo que se hizo tan amigo del chico y de la familia. Juanín un día se encontró a unos artesanos en las puertas de su lugares de trabajo, cerca de un pueblo del gran principado, cuando el niño les saludó, y al dar la mano al jefe artesano, éste no se podía soltar de ninguna de las maneras ni aun con el mayor de los denuedos, porque Juanín al tocar antes la pluma ya todo lo que tocara en adelante se uniría a él.       Así pues, el artesano quedó cogido de la mano de J...

Gran príncipe 1 Parte

Una familia tenía tres hijos. El más pequeño de los tres lo llamaban en el gran principado –pues esas tierras las gobernaba un gran príncipe– Juanín, y Juanín sería siempre su nombre. Su padre, que era labrador, se lesionó el brazo durante dos semanas, y en ese tiempo tuvieron los hijos que encargarse de los trabajos de labranza.      El primero, el más mayor, se dirigió pronto, a primera ahora, a labrar los campos de sus padres. Nada más llegar se puso a trabajar, pero ni pasada una hora se sentó y se sacó una bota de vino tinto y un bocadillo de un chorizo exquisito. Se lo estaba comiendo y le dijo un mendigo que renqueaba acercándose, al cual, en ocasiones, viera:- ¿Me darías un poco de tu vino si no es molestia? ¿Me darías un poco de tu bocadillo? - No, es para mí. - Tan solo un pequeño trozo de pan sin chorizo y un trago corto del vino; ni lo sentirás… Pero el mayor de los tres le increpó y le empujó y le gritó: - ¡Viejo caradura! ¿Me escuchas...

El barquero del lago

Hace bastante tiempo un joven barquero llevaba de orilla a orilla del lago donde residía (pues allí a un lado del mismo tenía una casita) a muchos viajeros y caminantes que querían ir al otro lado, pues en ese margen se erguía una montaña nubosa alimentada por bosquecitos y verdes páramos que la abrazaban. El barquero trabajaba de sol a sombra desde que amanecía hasta que anochecía. Cuando el hombre dormía en su casa a veces se despertaba por temblores de miedo que sacudían su cuerpo.      Esos ruidos que le asustaban y le alertaban a un mismo tiempo se debían a que los cuentos y leyendas decían que un atroz y perverso dragón moraba en el corazón de esa tormentosa montaña. El barquero que vivió allí desde crío siempre fue prevenido por su difunto padre, del cual, por supuesto heredó el oficio que practicaba y el hogar donde vivía. Eran contados los que habitaban por allá a causa de la peligrosidad que entrañaba esa bestia escupidora de fuego y engullidora de hombres....

Príncipes negros

En un reino muy bello aunque decante reinaba parcialmente un rey que por aquel entonces tenía muchos varones como hijos que eran todos ellos príncipes malvados a excepción de una hija, que por el contrario, estaba colmada de lindeza y de buen corazón. Los destellos del día se plasmaban en sus ojos, el rostro era adorablemente agraciado y decían que cuando cantaba hacía brillar los ríos, iluminaba y alegraba a los tristes y hacía florecer los árboles. Todos la conocían bajo su nombre: Maril. Intentaba, siempre que la joven podía, distanciarse y no relacionarse con la vida de castillo y con el resto de su familia y de la realeza, porque a todos ellos les corrompía la traición, la codicia y la malignidad.       Y, claro está, para verles lo menos posibles en esas ocasiones se iba a dar largas caminatas por las praderas que rodeaban el palacio de su padre que era tan anciano, que, aún siendo el soberano de esas tierras, poseía menos potestad y mandato por la vejez y la mu...

La Mujer de la Costa

Una vez un capitán de un buque de guerra naufragó y sus hombres fallecieron ahogados. Él fue el único superviviente y, para cuando se despertó, se hallaba en la playa de una isla. Vagó por aquel lugar, apartado de la civilización, dentro de la inmensidad del mar, distinguiendo al fin, tras recorrer leguas y leguas de selva, una choza deslustrada por los años, que se ubicaba en una de las costas de la recogida isla.      Antes de llamar a la puerta, una anciana jorobada, de nariz prominente y con un sombrero mínimamente picudo, sin previo aviso, le abrió. - ¿Qué hay, señor? –dijo con una sonrisa arrugada-. No ha hecho falta ni que haya llamado. Le visto desde lejos. ¿Es usted militar? - Sí, cierto, señora. Mi buque se ha hundido camino de mi patria por derribarnos la flota una inmensa orca... Mis marineros, lamentándolo, han muerto. He sobrevivido por poco, pero me siento morir por mis chicos caídos. - Ay, eso es una lástima… - ...

Golbo

Había una vez un rey de corazón frío que tuvo tres hijos y uno de ellos, el menor, nació contrahecho al fallecer en el parto la reina. A parte de odiarlo culpándole del fallecimiento de la madre del pequeño príncipe también le repudió y le desterró a las profundidades del bosque por ser horrendo y distinto, encerrándole en unos calabozos construidos expresamente para la situación. El desdichado príncipe lloró y con los años se fue afeando cada vez más hasta volverse un monstruo horroroso e irreconocible.        El calabozo se situaba en una parte tan abismada del bosque que apenas llegaba la luz diurna y estaba siempre el lugar en una nublada negrura, alimentándose el monstruo de los restos que le dejaban cada mes unos soldados entre las rejas de la prisión. Como cualquiera que le veía le tenía miedo, nadie era el voluntarioso que se prestaba a escucharle o a relacionarse con él. Y la realidad es que si le mirabas asustaba demasiado. Se le conocía bajo el vulgar...