El candelabro del costurero

Un maestro costurero se empobreció con el tiempo y había días que no tenía apenas ni para remendar la ropa que cosía y con la que trabajaba. El hombre tenía tan poco dinero que había mañanas que al no cobrar el día pasado y por falta de clientes no tenía para una barra de pan. Dentro de la casa que heredó de un viejo tabernero, cuyo espacio reformó, vio un candelabro que se convenció de no tirarlo. Meses más tarde, durante una jornada que vino bastante gente para que hiciera el hombre costura en las raídas ropas que traían, se le acumuló tanto el trabajo que se durmió sobre la mesa donde cosía, encendiendo antes esa noche la vela del candelabro que se encontró.  
   Al despertarse, tras unos sonoros bostezos, el costurero vio que el trabajo que dejó a medias estaba bordado y ejecutado con una perfección, una pulcritud que ni él que era maestro en su gremio hubiera alcanzado la gracia de hacerlo tan estéticamente bien. A poco al trabajador le entraron dudas y le picó la intriga. El costurero era un hombre solitario y la pobreza que sufrió le había causado muchos estragos en su vida, afectado aún por la muerte de su mujer.
-        Es un misterio que ayer dejara a medias todo está cantidad de labor y me lo encuentre así, luego, todo tan bien –decía pasmosamente el costurero por las mañanas al recoser algunas prendas de sus encargos.
   Y es que encargos últimamente estaba teniendo bastantes y la demanda subía como burbujas de champán. Tenía tantos que el costurero no era casi capaz de llevarlo todo al día, despertándose y sorprendiéndose con que lo que dejaba a medio ejecutar se lo encontraba luego cosido y rematado inmaculadamente. Incluso alguna ropa aparecía con bordados de oro e incrustaciones de perlas y otras maravillas.
-        Es fantástico que no sólo me acaben lo que a mí no me da tiempo, sino que además aparezcan los vestidos y tejidos llenos de oro y otras brillanteces. 
   Lo enigmático es que hubo una noche que el costurero no dejó la vela del candelabro encendido al olvidarse de ello y confiado se durmió despreocupadamente. Al levantarse, el costurero vio que todo seguía igual y escupiendo maldiciones se puso a prisa a hacer lo que creía que le quitaron de encima. El hombre jadeante del trabajo que se le juntaba por el cansancio y de haber descansado algo mal, no paró de entregarse a lo mucho que le faltaba por concluir.
   Con el paso del tiempo el costurero entendió que las veces que no dejaba la vela del candelabro encendida, que, el trabajo que dejaba a medio hacer, no se terminaba. No hubo, partir de dicha ocasión, día que se le escapó encenderla y durante los próximos años todo continuó prósperamente como hasta la fecha. Los clientes se le triplicaban, el dinero que perdió en el pasado se le fue multiplicando, y eran tantos los que acudían a su negocio que abría ocasionalmente los domingos. Al menos, el hombre, salió de su empobrecimiento, librándose de su latente tormento. 
   Antes de la pascua de verano, el costurero que cenaba un buen plato de merluza con patatas guisadas (pues se dio un lujo y un capricho) se dijo: - Ahora que lo pienso, es gracioso que no se me haya ocurrido antes, pero quién o qué será el responsable de que cada vez que dejó ropa me la acabe tan primorosamente.
   Las dos primeras noches no alcanzó el maestro a quedarse desvelado por vencerle el sueño, pero en la tercera ocasión consiguió sobreponerse a la modorra y al profundo sopor. El hombre se escondió debajo de la cama que la tenía en el mismo comedor al ser su hogar de un solo cuarto enorme. Esperó durante horas y no vino nadie. Esperó otra horas más, y cuando pensaba que aquello eran imaginaciones suyas y se sintió algo idiota, a medianoche, apareció de entre la oscuridad, al otro lado del cuarto, un monstruo terrorífico y espantoso.
   El monstruo con vertiginoso cuidado se ponía a coser cada una de la montaña de ropa que dejó el costurero. Lo hacía a una velocidad tan escandalosamente alta que tuvo el hombre que pestañear para cerciorarse de que era realidad lo que le delataban sus ojos. A cada hilo que metía y sacaba el tejido en el que trabajaba lo finalizaba con recato. El costurero sintió miedo por el monstruo. Era quizá la cosa más horrible que él viera nunca con anterioridad.
    El costurero no salió del escondite y se quedó contemplando al monstruo que en un santiamén hizo lo que tardaría el maestro horas en ejecutarlo con semejante y natural maestría. El trabajador siempre se escondía y para evitar deslomarse prefería pasar temor y aguantar cada noche hasta que el monstruo terminase su labor. El costurero de esa forma prefirió utilizar este método para poder destinar su tiempo en dormir en vez de desvelarse nocturnamente.
    Durante las siguientes estaciones que avinieron el costurero no se ocupó de otra cosa que de atender a los cientos de clientes que se pasaban por su tienda y tener otro deber que amontonar lo que le dejaban, no dar palo al agua, y que le hicieran el trabajo por él. Lo que le molestaba al costurero era tener que renunciar a tomarse un vino o a salir a cenar al deberse en cuerpo y alma a las obligaciones del negocio.
   El hombre no podía pedir más y tener tanta fortuna para lo poquísimo que se esmeraba. El costurero se malacostumbró de tal modo, que dando por hecho que nunca movería un dedo, eran masas de prendas y costuras las que dejaba al final del día. Los clientes le felicitaban y cada día se sentía más solicitado y popular; lo que necesitaría contratar para hacer el trabajo de veinte lo hacía sin tener que contar con ningún empleado, y ahorrarse, por la gracia del destino, más dinero. 
    Una noche que no lo imaginaba el costurero se despertó en medio de la madrugada y vio que el monstruo, ahora que la llama de la vela estaba alta a diferencia de otras ocasiones que se presentaba baja, la terrible criatura cada vez ganaba mayor distancia y les separaba menos del costurero. A poco el hombre esperó, por un presentimiento que sabía indeciblemente, a que la criatura espantosa le tocase con sus garras.
    El monstruo apoyó una garra sobre uno de los hombros del maestro para comérselo y justo el costurero sopló la llama y la luz del candelabro se apagó y el monstruo desapareció en la súbita oscuridad. Tras un corto plazo de tiempo, el hombre se encargó de no gastar los ahorros y ocuparse de los pedidos que le mandaban sin contar con la ayuda gratuita que últimamente tuvo.
    Un año más tarde, el costurero cogió el candelabro antiguo y encendió la vela cuando dieron, como cotidianamente, las doce en punto de la noche. La llama fue subiendo sobre la cerosa vela y permaneció alta. El maestro costurero no se demoró en dormirse y al levantarse en plena madrugada vio al monstruo que se aproximaba a él, después de remendar la ropa y coserla, para acuchillar con sus negras garras y devorarlo.
    El experimentado trabajador apagó la vela como la otra vez y al hacerlo pensó que sería su siervo y que por quererlo matar que le sometería a servirlo y hacer cuanto le placiera sobre él. Finalmente, el costurero se volvió rico de todo lo que vendió por sus costuras, se quedó al monstruo y le nombró su mascota, cuya comida la arrojaba en el patio de la casa donde la bestia lo devoraba con ansia y desenfreno. El maestro costurero se quitó de tantas tareas, vivió muy feliz y mantuvo en secreto el hecho de mantener a un abominable monstruo.

 

                                       FIN

 

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