Nevisca

En un lugar donde cualquier cosa era posible vivía en un caserón una viuda con sus tres hijas. La primera era altanera y se creía la más bella de todas; la segunda era una holgazana y no daba palo al agua, y la tercera era tierna y trabajadora, pero no recibía más que las críticas de la madre que no valoraba nada de lo que hiciera ella. Nevisca que era la menor de las tres se desentendía de sus dos hermanas mayores y procuraba no mantener mucho contacto con las dos al tratarla ambas como a una desgraciada que no les llegaba ni a la suela de los pies. 
   Nevisca se sentía incomprendida y le faltaba cariño, amor; se sentía sola y no correspondida. ¡Echaba tanto de menos a su padre que era él el que la mimaba y comprendía! Era una joven con un cabello negro y ondulante hasta la cintura y de ojos color miel. Su rostro era tan hermoso como mil primaveras y su piel tan bella, fina y blanca cuan menudos copos de nieve. 
   Cada día a la niña la madre la enviaba mordazmente a recoger agua de un pozo que estaba al otro lado de la parcela donde residían. La parcela englobaba florecientes jardines y un caserón que tenía más cuartos que un hotel, pues era herencia de su padre que fue juez y de distinguida familia. No había día que Nevisca al ir a recoger agua no se encontrara con una rana que cada mañana le saludaba con una sonrisa cautivadora.
-        ¿Cómo te has levantado hoy, querida? –le preguntaba el animalito con toda la simpatía que recogía.
-        Bueno mejor que ayer, pero eso no quiere decir que sea bueno.
-        No te desanimes –le alentó la rana-. ¿Tienes mucho trabajo de tu madre?
-        Bastante.
-        ¿Y por qué estas decaída?
-        Es que tenía ganas de salir y correr y respirar el aire puro y oler las flores –solía exclamar la humilde niña pletórica de vida.
   Entonces la ranita le ofrecía a Nevisca, en cada ocasión, algo para que dejara fatal a sus hermanas: bien fuera un pintalabios para embellecer más (aunque no le hiciera falta), un champú especial para el cabello y para alisarlo y fortalecerlo o, por ejemplo, un peine que al peinarse le crecía y le brillaba más el pelo. Y, sobre todo, lo que más le gustaba a la joven eran las rosas que le daba el anfibio para que se animara, al olerlas. ¡Eso le llegaba a Nevisca al alma! La ranita frecuentemente tenía una sorpresa o algo que sorprendía a Nevisca que por ese lado estaba encantada. Lo que animaba a la joven eran las distendidas conversaciones que compartía con ella, que era una rana que hablaba, escuchaba y croaba sensacionalmente.  
   Nevisca le describía cada una de las fatalidades del hogar, lo mala que eran las hermanas con ella y lo cruel que se mostraba su madre que no valoraba ni hasta el mayor de los logros de su hija que bien no eran pocos. La ranita, sin interrumpirla, prestaba atención a cada narración de la chiquita, la consolaba y la predicaba consejos al ser un animalito maduro y sabio. Lo que no sabía Nevisca es que cada una de las pestañas que se le caían, arrolladas por las lágrimas de sus bellos ojos, las preservaba el anfibio en una cajita de oro.
   No era de extrañar que cada vez que Nevisca visitaba a la rana era para darla malas noticias y todo era relativo y concerniente a su cruel familia. La ranita le daba mucha pena tener que ver a la joven así y que ésta se lamentara con tanta perseverancia. El animalito sabía que era una chica inundada de cataratas de luz, pero que sus nubes de tristeza hacían entenebrecer su dicha. Nevisca una vez salió al campo, pues la madre mandó a las tres a ir hacer recados fuera. A la primera (que era la más amada) le mandó a recoger romero y tomillo para cocinar; a la segunda (que era casi igual de querida) la dijo que fuera a por aceite de oliva a una aceitería próxima, y a K (que la despreciaba) la envío a por leña para la lumbre y para poder guisar. Las hermanas que lo tenían al lado se rieron de ella y la dijeron:
-        Bah te ha tocado a ti lo peor. ¡Te fastidias! Es lo que pasa por ser la pequeña. ¡Si es que eres la más estúpida.
   Nevisca se recomía las palabras y lo ignoraba, pero no dejaba de afectarla y la dolía, pues era una joven tierna y sensible.
-        ¿Qué sabrán estas pájaras de mí? –se dijo camino al bosque, pues era la única que tuvo que meterse en la espesura para traer leña-. ¿Qué les habré hecho yo? Pobre de mí que nadie me quiere, nadie cree en mí…       
   Nevisca se metió bajo la sombra del bosque y caminó durante bastante tiempo hasta que vio unos troncos gruesos y consistentes que serían perfectos para ser usados para el fuego. La chavala se paró y sacó del morral la hachuela que portaba. Cuando dio el primer tajo al tronco de un tejo éste gimió y protestó con desdeñable dolor.  
-        ¡Ay me has hecho no poco daño! –le dijo el árbol que la chica intentaba tronchar. 
   Nevisca se quedó tan mal que le pidió una y diez veces perdón, y desde ahí le dio apuro cortar ni siquiera alguna rama y se conformó con coger un troncho de madera que se encontró al lado de la casa de la madre. La joven estaba preocupada, pues sabía que la madre la reprendería, y es justamente lo que pasó. La esperaban las tres en la entrada del comedor. 
   La madre felicitó a las dos hijas mayores que hicieron burlas a Nevisca y a la menor la dijo bajo una tormenta de irascibilidad y reproches: - ¡Cómo te he podido confiar algo tan fácil! ¡Si es que no vales ni para eso! Se nota que eres la más torpe y la pequeñaja; te envío a por leña de verdad y me traes un trozo mugriento de un tronco que no vale ni para ornamento. ¡Es que no vales para nada, hija! ¡Consentida! ¡Muñequita inservible! ¡Te vas a arrepentir de haber sido mi hija! ¿Me oyes? ¡Otra cualquiera te repudiaría! ¿Qué te has creído? ¡Hoy dormirás fuera por no saber hacer nada!
   Nevisca no reprochó la vileza de la madre y se mantuvo en silencio y tuvo que dormir la pobre fuera y en una noche fría y lluviosa sin apenas haber cenado y con la pena trotando en el corazón. Las hermanas se rieron de ella desde la ventana del dormitorio antes de irse a dormir. Nevisca se sintió desgraciada y sola y no se le olvidó el resfriado que cogió. ¡Qué frio hizo fuera! Las hermanas le hacían el vacío durante los días venideros y ella a veces ni lo soportaba por ser espléndidamente vulnerable. Para recuperar algo de salud se aplicó el champú que le abrillantó el pelo y otros geniales regalos que le dio la rana. 
   De hecho, Nevisca fue a visitar a la ranita al pozo las siguientes mañanas y se llevó más de una alegría por el reencuentro con ella y porque la consoló, pues era la única que se molestaba en escucharla y en ofrecerla consuelo. 
-        Esta vez veo que se han pasado contigo más de lo cotidiano –le dijo la rana con su alto grado de empatía y guardó en una cajita las lágrimas que derramaba la desdichada Nevisca.
   Nevisca, al recuperarse del resfriado, fue otra vez la criada de la casa y la madre en vez de mandarla a la escuela a estudiar, la ponía con el plumero a quitar la porquería de los suelos y a sacudir el polvo de los armarios. La hija menor sentía pinchazos en las vértebras y en los dedos de tanto trabajar y de dormir tan poco. Y Nevisca descansaba fatal al tener tan pocas horas de reposo y juntársela los deberes. La madre y las hojas iban vestidas con elegancia y en cambio a ella la tapaban con ropa de segunda que más bien parecían trapos más que aceptables vestimentas. 
   La madre no la quitaba ojo a la chica y procuraba que no se saltase ninguna de las obligaciones. Incluso la señora tenía un timbre que tocaba desde la cama o el sillón y ella tenía q ir cada vez que la llamaban. - ¡Ven holgazana que te estás retrasando más de lo que debes! ¡Llevo media hora esperando! ¡Haz, esto! ¡Limpia eso mejor! ¡Repasa esto otro que eres una chapucera! Y con esas y otras frases afiladas asesinaba y apuñalaba con su verbo la moral tambaleante de la infravalorada niña, que cada día se sentía más desgraciada, sin futuro y sin amor. 
-        ¡Ay si mi padre siguiera vivo! ¡Ay! Dichosa me sentiría de que me llevara con él a sus divertidos juicios, a andar al campo y no ver a estas hermanas que me desean tragedias y a una madre que me trata como una vulgar sierva –se decía la chica, rota, al echarse a dormir, doliéndola hasta los huesos. 
   Al cabo de un tiempo, la madre cruel echó de casa a Nevisca, las hermanas la arrastraron dentro de un saco hasta las entenebrecidas entrañas del bosque y la confinaron, por orden y deseo de la madre, en lo que fue una vieja atalaya, antigua propiedad de la familia. Las hermanas le llevaban las sobras de las comidas de los caballos que tenían y cuando le hacían la visita era Nevisca escarnio de menosprecio y chanza. Habida cuenta de que se sentía desafortunada y sola se deprimió y durante meses permaneció en lo alto de la atalaya sin apenas ver la luz del sol por taparla los altos árboles y sin más caricia que la del envenenado viento. 
   La ventaja es que Nevisca por el camino, antes de sufrir el agobiante confinamiento, fue tirando las rosas que le regalaba la rana cada semana, y gracias a esta preciosa acción, el animalito supo hacia dónde la llevaron a la jovencita. Al cabo de un tiempo, la rana fue siguiendo el recorrido, llegando, al cabo de medio día de dar sin parar saltos, a la sombría atalaya. Al ser literalmente una rana y poder meterse por cualquier fisura se coló dentro y subió hasta donde se encontraba Nevisca que estaba más delgada y desmejorada.
-        He venido para sacarte de esta condena a la que sabía, que antes o después, te sometería tu desalmada progenitora –croó la rana con sapiencia y entereza. 
   Antes de que Nevisca respondiera, la ranita sacó la caja donde guardaba las lágrimas se las derramó sobre la cabeza y surgió del apestado y pegajoso anfibio un príncipe hermoso y garrido que la rescató, emigrando lejos y casándose con ella con la que tuvo muchos herederos y vivieron esplendorosamente en el principado de su nuevo esposo. La alegría de la joven fue tan grande cuán grande era el amor que demostró por el príncipe. Años más tarde que Nevisca paseaba con su familia y pasaron al lado de la casa donde residió su madre y las hermanas y vieron que el edificio estaba erosionado, diciéndoles un pastor que sacaba al rebaño: que un huracán reciente arrasó con casi todo.

 

 

                                                   FIN 

 

 

 

 

Comentarios

  1. La reminiscencia al cuento de Cenicienta, es inevitable al leer tu bien logrado cuento. A medida que uno lo lee, se entremezcla la lectura y vienen imagines mentales en paralelo con aquel, no por lo que cuentas, sino, por la historia en si. Sin embargo es un cuento con personalidad propia y eso es la magia del sentir lo escrito. Me ha gustado Alberto🥰🤗🫂🙌

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

El hombre de los pensamientos

La gineta y el hombre de musgo

La princesa mariposa