La vaca Rita y los animales de la caja

Una granja fue quemada y una gallina huyó al campo donde se construyó por medio de una caja de madera que se encontró y de su habilidoso pico, un pequeño y acomodable gallinero a los pies de un árbol. Ahí la gallina tuvo docenas de huevos y crió bien si cabe a cuantos polluelos nacieron. El ave acomodó el habitáculo de alfalfa, heno y paja para que se sintieran lo más gustosamente posible, y las paredes las revistió de forraje natural y plumas que le sobraban viviendo al lado de su vecina la vaca Rita con la que con mucho cariño se llevaba sin duda estupendamente, que pastaba en un prado cerca.
   Meses más tarde, un gatito que una noche deambulaba hambriento y huérfano fue acogido por el ave al motivarle mucha pena a la gallina. La generosa gallina le ofreció todo lo que tenía y el gato fue creciendo con el tiempo hasta hacerse mayor. No había día que el animal no trajera comida al gallinero para que picaran y comieran cada uno de los polluelos y la gallina. Cada vez que eclosionaba un huevo el gato (si la madre se descuidaba) el felino se preocupaba y acaloraba con su pelaje al recién nacido. Al igual que la vaca Rita que les traía leche para todo aquel que quisiera, momento que le encantaba al gato llevándose muy bien con ella. 
   Una vez que salieron les llegó el ladrido de un perro que le ataron del cuello a un tronco partido. El animal no dejaba de gruñir de impotencia y gemir de dolor. La gallina que era de corazón, reinado de bondad, le desató con el resistente y mañoso pico, y el perro ladrando alegremente se libró del aprieto. Tan agradecido se sintió el animal que fue tras la gallina y ella no tuvo forma de quitárselo de encima. Tal es el caso que se empezaron a hacer amigos entrañables y no se separaron. La gallina acostumbraba a pasear a media tarde para llevar lo que cogiera por el suelo para sus polluelos que los dejaba a cargo del perrito que cuidaba de ellos, y con los que se granjeó una genialidad de amistad.
   La gallina durante unos de los paseos vio que una ardilla tenía la cola atrapada a una rama y que no podía liberarse ni con los mayores esfuerzos que reunió. Entonces la gallina de un potente salto se arrimó a una rama baja y llegó hasta la ardilla y con ese pico salvador del que disponía desatascó a la ardilla que de un gemido se libró. La ardilla siguió a su salvadora hasta la aparatosa caja donde vivía y estuvo detrás de ella una semana, devolviéndola el favor y ganándose el cariño de los polluelos, el gato, el perro y el amor de la vaca Rita que les visitaba con regularidad.
   Entonces los polluelos empezaron a crecer y con el tiempo se hicieron bien mayores y tomaron su camino hacia la independencia, quedándose la gallina, el gato y el perro conviviendo solos, y aprovechando las noches donde se juntaban con la vaca Rita que a veces la daba por cantar.  
   Una mañana, cuando el soleado clima se acomodó en el entorno, las flores rebrotaron y el campo se reverdeció con galopante fertilidad. El perro, el gato y la ardilla le cogieron el gusto a eso de pasear al lado de la gallina y no había día que no la acompañarán. Una de esas veces, el trío dio con un zorro que gruñía con la patita herida al sufrir una mala caída. Al ver al perro estuvo a punto de salir corriendo, pero percibió la bondad del mismo y se dejó auxiliar por la ardilla que le trajo hojas limpias, la gallina se limpió una pluma, y el perro que llevaba una cantimplora la llenó en el río para traérsela llena y fresca, mientras el gato consolaba los lloros del animalito.  
   La gallina se puso a curar la herida con el agua y se lo desinfectó con las hojas para secarle la herida, aplicando una pluma a guisa de gasa y atándolo con unas raíces. Más tarde, al reponerse el zorro tras las curas, caminaron hacia la caja donde le invitaron a pernoctar y la gallina le preparó un poco de leche de la vaca Rita. El zorro pasó unos cuantos días más y al curarse hizo todo un número de atenciones para con sus genuinos sanadores con los que bastante se amigó.
   Una vez, al llegar la estación de la primavera, encontraron a una niña que lloraba en la orilla de un río y lloraba lágrimas de oro. La gallina la consoló, el gato la maulló cariñosamente, la ardilla le hizo cosquillas y un masaje en la espalda, el perro la chupó para animarla y el zorro se entregó a recoger las lágrimas de oro y meterlas en un frasco que sujetaba con el hocico. Desde aquello, los animalitos supieron que la niña era la sobrina de un hada, y encima le cayeron bien a ella al ser una niña alegre. A decir verdad, las veces que lloraba recogían la gallina y compañía las lágrimas y las seguían almacenando y guardando, y la niña fue acogida por los animales de la caja y por la vaca Rita que la trató como a una princesa, regalándola litros de leche cada semana para el desayuno y dejándose cabalgar por la chiquilla.
   Llegó un día en que, el zorro que era el más responsable en recaudar esas lágrimas de oro, las llevó al banco de la ciudad más próxima y se lo cambiaron por dinero. Y, sin duda, tanto les dieron que la gallina y los animales pasaron de vivir en esa caja grande a acomodarse en un caserón que mandaron construir, y se llevaron a Rita que no había mañana que no les despertara, bailando la niñita al son de las canciones de la vaca. Con el tiempo se corrió la voz y esos pollitos que crecieron y se emanciparon les visitaron con mucho cariño y a la gallina no hubo cosa que le produjo mayor alegría y satisfacción.


                                        FIN

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