Baldi
Un vasto océano era navegado por una ballena que no hacía vida con nadie y que pensaba que los peces y habitantes marinos en su mayoría no merecían la pena por lo egoístas y perversos que se mostraban. Era una ballena pacífica y noble, pero consideraba que el mundo era cruel por la truculenta infancia que tuvo. Sus padres cuando apenas era una cría le abandonaron y desde esos tiempos vagó por las aguas sin hogar y rumbo fijo. Baldi era tan grande que nadie osaba enfrentarse o molestarla en modo alguno. Alguna vez que el animal gritaba, al sumergirse en las profundidades, una oleada de burbujas flotaban en las aguas.
- ¡Naho! ¡Naho! –cantaba sonoramente.
La ballena apenas mantenía contacto con delfines y algunas sirenas de ultramar que saludaba a lo largo de sus aventuradas navegaciones. Diariamente, Baldi era propenso a recorrer las zonas más próximas a la superficie, pero desde hacía un tiempo por respeto a los piratas y pescadores eludía esas altitudes. Una vez tuvo tan mala suerte que un barco pesquero le arponeó el costado y tuvo que dormir en una cama de plancton un período de varias semanas.
Baldi, desde entonces, odiaba y guardaba máximo rencor a los hombres a los que él consideraba responsables de tantas muertes innecesarias en los mares. La ballena por ello procuraba mantenerse distanciado de los problemas y cuando tenía hambre se desayunaba por lo menos unos cuantos bancos de peces y lo que se le terciase. Baldi, en una de esas oportunidades en las que se tragó una de esas masas de peces, uno se le atascó bajo la lengua y la anchoa le habló tanto que la ballena no pudo menos que oírle.
- ... Ha faltado una aleta para que los tiburones negros me devoraran antes –dijo la asustada anchoa-. Están hambrientas esas fieras y su voracidad no conoce de excesos.
Y así, la ballena y la anchoa nadaron unos metros más abajo donde la ballena se tumbó en una selva de nenúfares.
- ¡Naho! Estoy de acuerdo. Esos carnívoros sin corazón sobrepasan sus necesidades y más que comer lo que les apetece es aniquilar por destruir.
- ¿Me podrás dejar libre? ¡Casi te tragas a mí familia!
- Disculpa cuando cojo impulso no me doy cuenta de lo que entra dentro de mí. Hace poco me metí un velero y lo acabé escupiendo al rozarme el mástil y la popa con la garganta... ¡Naho! –descargó otro de sus sonoros cantos.
- ¡Menos mal: me creía que era mi final! –y exclamando esto la anchoa se fue en dirección contraria a la ballena al liberarla ésta, y la ballena prosiguió su curso explorando los bosques marinos y durmiendo sobre camas de algas.
La vida de Baldi desde que evitaba líos era sumamente sosegada. Y su rutina era despertarse, alimentarse bien, profundizarse por cuevas y cavidades donde más de una vez hallaba tesoros que no le valían para nada al no interesarle y no perder la esperanza de que en el futuro encontrara una morada digna para vivir. Baldi también buscaba una pareja que le hiciera feliz y mermar la soledad que algunas noches sentía. A veces se sentía a gusto con su presente y otras se veía desgraciado al verse abandonado del mundo al no quedarle ni un solo pariente.
Una mañana neblinosa que se desvió de su rumbo, harto de la cotidianeidad, acabó Baldi avistando una carrascosa isla en mitad de la enormidad azul del océano. Una niebla delgada y escarlata abrazaba las arenosas costas y una montaña muy pronunciada ascendía por encima de los jirones de nubes donde se instituía un castillo. El castillo era de importantes dimensiones y sus murallas tapizadas de oro y bellas joyas incrustadas, rutilaban en la lejanía. El cetáceo se mantuvo expectante y contemplativo ante la hermosura de aquella edificación.
Cada bloque que conformaba el castillo era de una pureza de oro que si mirabas mucho deslumbraba del candor que desprendía, y es lo que le ocurría a Baldi que tuvo que apartar la mirada un rato, mientras dominaba a duras penas la bravura del oleaje. Al final, la ballena arrastrada por las furiosas olas se embarrancó en la arena sin la posibilidad de poder escapar de ese dificultoso embarazo.
- ¡Uy! ¡Naho!... ¡No! ¿Por qué? ¿Por qué he tenido esta faena? –Se preguntó Baldi gritando y escupiendo agua del grueso espiráculo-. ¡No! ¡Tanta malaventura es complicada!
La ballena protestó, expulsó más agua, se removió, aleteó fuerte contra la arena y anunció su presencia a grito pelado; pero bien nadie le vio y tampoco nadie le auxilio. No obstante, cuando la ballena despertó al amanecer se encontró que una centena de trasgos la llevaban a cuestas, algunos con antorchas encendidas y otros empuñando cuchillos y dagas que enseñaban al cetáceo por si se le ocurría revelarse para que supiera que pasarían las hojas por su carne hasta desangrarlo.
Baldi ante esas múltiples amenazas no se atrevía ni a emitir un murmullo, y pensó en librarse de sus opresores; pero bien no tenía forma de despegarse de ellos. Tal es el caso, que los numerosos trasgos le llevaron ante el Rey, que era una criatura horrible y que su parecido no se alejaba de sus horrendos siervos. Y el rey maldiciente le dijo: - ¡Oh criatura indeseada que has varado en nuestras costas sin pedir permiso! ¡Insolente y apestosa ballena!
Baldi, por un momento, estuvo a poco de contestar, se retuvo y prefirió no pronunciarse. Los trasgos le plantaron delante del oscuro trono del monarca que llevaba una corona de huesos y andrajosas ropas. Ese salón era oscuro y lleno de telarañas, desprovisto de luz y claridad. El Rey despidió varios insultos más al animal que desistió de discutir. Y después de que se burlaran, de que humillaran y se rieran con vileza de Baldi, el maligno dirigente mandó: - ¡Que se lleven a esto fuera de mí vista! ¡Le utilizaremos para que nos pesque! ¡Luego la utilizaremos para un generoso festín! –tronó con una risa perversa que compartieron sus súbditos de igual forma.
Y así, el rey trasgo le asignó a uno de los capitanes de mayor confianza que se ocupara de la miserable ballena. El capitán con maldad comandó a varios pelotones de sus soldados: para que llevaran de nuevo hasta las orillas a Baldi que aleteó por el camino y gritó; pero bien le fustigaron de tal modo que no se atrevió por cautela a pronunciarse más. La ballena quedó en la obligación de ser la pescadora de la isla, atándola varias redes de pesca a la boca, y el cetáceo diariamente se sumergía, con estas redes amarradas a la boca, y de esa manera los bancos de peces que nadaban por las aguas los atrapaba colosalmente.
Durante semanas estuvo el inmenso Baldi sometido a estas imposiciones en los que trabaja desde el primer albor hasta el tardío anochecer. Si la ballena no pescaba lo suficiente que quería el rey, el capitán y las chusmas de trasgos le apaleaban y le atizaban con armas y con lo que bien tuvieran a mano. Baldi durante la noche era vigilado y apartado a un peñasco de rocas de la playa y no había modo de que escapara ni aun por el día cuando trabajaba al estar aprisionado por esos amarres de sol a sol.
La ballena en las madrugadas recitaba su apenado canto: ¡Naho!... ¡Naho!...
Este canto resonaba por las playas y calas circundantes. De repente, una de esas noches, en la orilla asomó la ancha boca de un atún que estaba decaído, desprovisto de vigor y supuesta felicidad. La ballena, sin predicción, le saludó con la cabeza al saludarle primero el recién llegado.
- ¡Oye enorme ballena! ¿Qué te ha traído a este apartadero del mundo? ¡Hace años que no veo animales de tu especie! –le dijo el atún.
- Tuve la mala suerte de acabar en esta isla que es preciosa, pero que luego encierra mil males –contestó la ballena.
- ¡Ah entiendo!
- A ti parece que te domina la pesadumbre. ¿Estás bien?
- Podría estar mejor no te voy a mentir, pero entre lo que cabe sobrevivo.
Baldi le preguntó por el motivo de su decaimiento. Entonces el abatido atún le fue manifestando que hace cinco décadas era el rey de esa isla y que la invadieron y conquistaron los tragos y su gobernante. Desde este suceso, el legítimo rey cayó dominado por el tenebroso embrujo y fue maldecido en pez y se le desterró a las aguas. El atún le confesó a Baldi que sólo podría redimirse si las estrellas brillaban en la noche; pero bien siempre se hallaban medio ocultas por la calima nocturna.
Y así, la ballena hizo lo incontenible por hacer que se solucionase y durante los días que se desarrollaron no hubo oportunidad para solventarlo. El atún cada noche se asomaba y le preguntaba. Baldi abochornado por no tener la capacidad de solucionar el suceso le decía que aún no lo hizo. Tal es el caso, que durante un atardecer la ballena rezó para que los cielos se despejaran; pero bien no había ya remedio.
En cambio, cuando la ballena pensó que lo dicho por ese pez no era más que una patraña, hubo una noche que las estrellas destacaron como nunca y un fulgor descendió hacia la ballena que con uno de sus cantos avisó de ello al atún que al asomar la cabeza al lado de las orillas, parte de esa brillantez le tocó y retornó a su apariencia de apuesto rey, rompiendo las cuerdas de amarre y redes de pesca que retenían a Baldi.
Eso incitó que al amanecer, con el brillo de un nuevo día, el rey de los trasgos y sus acólitos les abrasara la luz del día y que a esa isla volvieran los muchos sirvientes y soldados que expulsaron los enemigos. Bien desde entonces, el rey reinó en amistad y en paz y Baldi encontró un nuevo sitio donde vivir en felicidad para siempre; pero bien sin encontrar pareja hasta su muerte.
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