La liebre magnífica 1 Parte

En una tierra donde abundaban las verdes colinas, las yerbosas montañas y confluían ríos escarlatas vivía en el campo un labriego de lo más llano y amable. Cuidaba de sus tres hijos que los dos mayores gozaban increíblemente de virtudes sobrenaturales, de los cuales uno si reía volaba; el segundo, si chasqueaba el índice y el pulgar a la vez se hacía inmaterial, y el tercero llamado Revoltoso que carecía de grandes dones era de solemne bondad a diferencia de los mayores que siempre buscaban el mal ajeno y que por sus poderes metían en problemas a su trabajador padre y con cuantos les apetecía. ¡Dios mío!
      ¡No paraban los granujas de meterse en líos y crear conflictos! Su padre una mañana se ocupó de labrar parte de las tierras y los tres jóvenes salieron una vez al campo, y, tras andar un rato largo, vieron una liebre que corría.
       El mayor se puso a reír y empezó a volar, pero ascendió de tal manera que se alejó demasiado, de forma que cuando quiso darse cuenta estaba a mucha distancia del animal. El mediano, observando a lo lejos el fracaso de su semejante le señaló burlón, chasqueó el índice y el pulgar y su figura se volvió inmaterial, y tampoco, bien cierto, era visible.
        El joven fue detrás de la liebre como poseído cuando le iba a coger no podía porque, al tener inmaterialidad en el cuerpo, todo lo que palpaba lo atravesaba y no podía tocar ninguna superficie como si fuera un espectro. Y es lo que pasó que al querer atraparle no le era posible, y se agotó y enfadó tanto que se largó con el mayor que refunfuñaba bajando de las nubes. – ¡No sé por qué perdemos el tiempo cáspitas! ¡Ha sido inútil todo este esfuerzo! -resopló el mediano.
-       ¿Dónde se ha metido el mequetrefe que tenemos como hermanito? –dijo el mayor de vuelta al hogar con aspecto rendido.
-       Se habrá ido a recoger heces de burro o a hablar sólo con las flores por ahí... ¡Como es tan tonto!
-       ¿Tú crees que de veras será nuestro familiar ese desgraciado? ¡No lo quiero ni de adorno!
-       Normal, ¡pero venga vamos, hermano! ¿Qué más da? Le diremos a padre que luego viene el chiquilicuatro.
      Los hermanos mayores se marcharon con su padre y le pusieron una excusa y el padre que era ingenuo se lo creyó. Y más tarde es cuando el labriego, ante la alegría y el pasotismo de sus hijos, se preocupó y salió a buscar a Revoltoso con una farolillo y gritó su nombre a los cuatro vientos durante toda la noche sin hallar rastro del niño.
      Entretanto Revoltoso siguió a la liebre con sigilo y como era constante y silencioso, pues no la perdió de vista. La liebre iba muy presurosa y era complicado que uno la diera alcance. Revoltoso durante leguas no dejó de seguirla y el escurridizo animal se le acabó escapando. –¡Cáspitas! ¡Qué mala pata! –habló entre dientes.
      A Revoltoso le sentó tan mal que se sentó a maldecir sobre una piedra y escuchó que en un cercano claro lloraba y gemía alguien con una inconmensurable pena. El hijo menor del labriego no se lo pensó dos veces y fue donde provenían los repetidos gimoteos. Revoltoso se encontró que en el claro plañía un centauro, descansando las vigorosas patas de caballo sobre la hierba y con la mitad del busto sostenido contra un rugoso tronco. La abatida criatura se lamentaba sin consuelo. –¿Qué es lo que te ocurre? –se interesó Revoltoso.
-       Añoro lo que fui. ¡Bien digo! ¡Añoro mis felices días del pasado! -reconoció el perjudicado y Revoltoso disparó más preguntas.
         El niño entabló una larga y fructífera conversación con él y el centauro se pronunció abiertamente. La lamentosa criatura admitió que era un rey que hace años cabalgando por un gigantesco bosque una maliciosa hechicera le encantó en centauro. Desde esos días vagó perdido en busca de un remedio y su nombre se marchitó en el tiempo y se sentía olvidado. No recordaba quiénes fueron su familia y la gloria que le ensalzaba y se sentía despojado de su ser y del nombre que tuvo.
-       ¿De cuál manera podrías recuperarte de este horror? –dijo Revoltoso con turbación.
-       Tendría alguien que encontrarse con un espíritu que libremente merodea estos parajes. Él te dirá lo que hacer. Prometo que te recompensaré. ¡Lo haré! No te puedo proporcionar más que esto, amigo mío.
      El centauro le dio un bastón mágico que donde lo usara iluminaba el sendero por el cual andaba, de forma que nunca se quedaría a oscuras o se desplazaría a ciegas. Revoltoso, por el bien de ayudar al prójimo y sabiendo que su padre estaría orgulloso de él por su solidaridad, recorrió largas extensiones de bosque y no había forma de dar con ese tal espíritu. El sol en el horizonte iba ardiendo y bajando y entonces Revoltoso se apoyó en el bastón y los caminos por los que iba súbitamente se aclararon. 


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