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La paloma y el emperador

Harto tiempo atrás a una princesa convirtieron en paloma. Las plumas y la soledad fueron su abrigo durante el tiempo que se posó sobre los tejados y las torres del que fue su castillo. No había amanecer que no se posara sobre la almena de la ventana que tenía enfrente que daba con la habitación del príncipe que eran vidrieras de colores que arrancaban la luz matutina como en el resto del castillo que era de dimensiones inimaginables y ostentosas, cubiertas de vidrios de centenas de resplandores.     El príncipe se le quedaba mirando ciertas veces, pero no era posible que le reconociera ni aun con el collarín que colgaba de su fino y pequeñísimo cuello de ave, y parecía que poco la echaba de menos al llevar a su alcoba a otras criadas y sirvientas. La paloma tristona aleteaba imperativamente y no servía para dar pistas al hijo del rey que no daba cuenta de que esa ave fue su prometida, pendiente de sus cosas. La paloma veía de la forma en la que se cambiaba el joven y arru...

El minero

H abía una vez un humilde minero que trabajaba a destajo desde que el sol sobresalía hasta que tocaban las tantas de la noche. Habiendo logrado, al final, ahorrar unos pocos dineros después de una laboriosa temporada de trabajo, manifestó un día a su hermano menor pues él le sacaba casi veinte años: - Tú eres mi hermano, e igual de hermano que yo, aunque seas el pequeño. Has de saber, por lo tanto, que nuestro buen padre nos dejó hace tiempo, hace bastante tiempo este dinero –le mostró un saco lleno de monedas de escaso valor-. Con esto no tenemos para mucho; pero tú te quedarás con algo más, hermano. -            ¿Y eso? –preguntó el beneficiado-. ¿Y eso por qué? Pero no nos llevamos lo que nos tenemos que llevar cada uno. Eso no es justo. Cada uno por igual, hermano. -            Pero tú quieres formarte, prefieres estudiar. Querías ir a la universidad como yo iré pronto, ¿no es cierto?...

Los doce príncipes

Hac e tiempo, más del que creéis lectores, había un niño que caminaba diariamente por una ribera. De pronto, antes de volver a casa a almorzar, un montón de pompas de agua le acecharon y rodearon. Al querer esquivar una, Martín sorteó varias y al dar por hecho que se libraba de ellas, una le rozó laciamente y acabó den tro de una transparente y luciente burbuja de agua. Hizo amagos de salir de ella: dio patadas, puñetazos, chilló, propinó golpes, pero la burbuja era resistente como cristal blindado, y al mismo tiempo acolchada y flexible como un almohadón.     Cuando Martín se cansó de buscar escapatorias, sin preverlo, se golpeó su burbuja contra una seta roja y de manchas blancas. Debajo del sombrero del hongo había un hombrecín (parecido a un duende, aunque verdaderamente no lo era) sentado, fumando un pipilla. -            Oh, buen medio de transporte… –le dijo el pequeño fumador expulsando un aro de humo. -  ...