El mimo
Es la bella historia de un mimo que se ganaba el pan realizando actuaciones en medio de la calle, en las plazas o bien en las conurbaciones de Madrid. El artista disfrazaba unos pantalones del todo negros, y una camiseta de mangas largas y a rayas blanquinegras con cuello alto. Eso sin citar los guantes y tirantes negros, sus holgados zapatos negros y su sombrero de ala estrecha que era bonitamente oscuro. Y la cara del mimo, por igual, era negra y blanca y con una sonrisa que alegraba a los niños y que alucinaba a los viandantes que se paraban a verlo.
El hombre en verdad era una persona bastante solitaria al margen de los mediáticos juegos y espectáculos públicos con que arrobaba a las gentes en mitad de las plazas, avenidas y calles de la ciudad. Varias agrupaciones de pintores o de músicos callejeros se detenían a animar más aún al mimo que se llenaba de motivación al ver la cantidad de seguidores que iba ganando a medida que corrían los meses.
Un día actuaba en un barrio y otro día en otro, y así iba de distrito en distrito, desde el centro a la periferia. El mimo se tiraba horas practicando delante de los curiosos una numerosa serie de malabares y de movimientos que encantaban a los espectadores que se paraban a comentar, a reír y a aplaudir en masa. ¡Sí! ¡Hasta los niños silbaban y se entretenían ineludiblemente! De tal forma, fue haciéndose más que famoso entre los madrileños y era cierto que cuidaba con detalle cada una de sus actuaciones y cada una de sus alegres y carismáticas demostraciones.
No obstante, cuando llegaba a su humilde apartamento en las afueras de la capital, sentía que los techos a veces se le venían abajo de la soledad que sentía. Las mañanas que no trabajaba se dedicaba a dormir hasta más tarde y a cocinar algo rico en casa, puesto que semejante ejercicio le hacía relajarse. Regularmente, le visitaba durante esos momentos una urraca que comía de las migajas de pan que le tiraba el hombre desde la ventana al apoyarse el ave sobre el tejado.
El mimo le tiraba buenos mendrugos de pan que la urraca picoteaba y hasta le hacía juegos de pelotas y su típica mímica que admiraba el pájaro, graznando y cantando al mismo tiempo. Eran buenos ratos, los que compartía con la urraca y si llegaba tarde se presentaba al mediodía antes de que el mimo tuviera su almuerzo preparado y pasaban ambos momentos felices y divertidos. ¡Y no era para menos! Algunos vecinos que se asomaban a los balcones o terrazas se sorprendían al ver la conexión que había entre el artista y el ave. Una vez que el mimo se portó mejor de lo normal con la urraca (¡qué ya era decir!) el ave desplegó las alas más de lo pensable, y el artista, como por un fiero instinto interno, se agarró a las patas del animal.
La urraca se impulsó por los vespertinos vientos y alzando el vuelo subió tan alto que pronto alcanzó con majestuosidad las nubes. El mimo procuró agarrarse lo que pudo y surcaron el cielo hasta abandonar la ciudad y sus edificios y rascacielos y sus parques y museos; hasta llegar a un campo mamado por la luz del potente sol.
La urraca aterrizó sobre la lona de un monte o de uno de los montes que rodeaba el paraje. Y el mimo, desde luego, empezó a saber que ese pájaro no le trajo al sitio indicado. Entraron dentro de unos de esos montes y vieron que un ogro chiflado hablaba con las paredes y balbuceaba y se reía a la vez en un sinsentido. La urraca le dijo al mimo que sufría el gigante de un trastorno de avaricia por las piedras preciosas que se adueñaban de cada trozo de tierra de los cavernosos interiores donde apenas llegaba la claridad del exterior. El ogro, de primeras, casi pretendió jalarse al mimo de no ser por los continuos ruegos del artista que tuvo que recurrir a mímicas virtudes para no ser el tentempié del anfitrión. ¡Y menos mal!
Durante los próximos días se dedicó el mimo a este propósito y consiguió granjearse el respeto y el beneplácito del ogro, que ya no le gruñía ni se abalanzaba sobre él para matarlo. El mimo le hacía juegos tan divertidos que la criatura se entretenía bastante y no había momento que no aplaudiría o le pidiera más teatralidad. No obstante, el mimo se cansaba más de la cuenta y para disimularlo resoplaba con gracia moviendo las manos en el aire como si se apoyara en un inexistente cristal, porque si el ogro se daba cuenta de que estaba agotado se molestaba y se ponía malhumorado, y ahí es cuando olvidaba todo. O, en cierta forma, es un consejo que transmitió la urraca al mismo artista al conocer el pájaro a la criatura más de lo pensable.
Hubo una vez que al ogro le dio tal ataque al ver que el mimo se cayó al suelo por tropezar con una pila de piedras preciosas en una de sus intervenciones, que el artista tuvo que huir por una fisura en mitad de la cueva por la que se escurrió para que las manazas de la criatura no le hicieran picadillo, mientras el gigante maldecía enloquecido y rodeado de sus brillantes riquezas en el sinsentido de siempre. El mimo, llevándose un puñado de esas piedras hermosas y preguntándose dónde se habría metido la urraca, se metió por una gruta escarpada donde tropezó con un topo que escarbando le dijo que le siguiera a través del camino que dibujaba el canijo animal. El topo lo acabo dejando al hombre, sin esperarlo, en una zanja y le dijo: - ¡Cuida donde pisas, pero es cierto que debes de andarte con pies de plomo!
Y el mimo le preguntó la razón y el topo le contestó que aparte del ogro había una voraz serpiente que se comía a los duendes que por allá pasaban y que tuviera bastante precaución en que no le viera. El mimo, con gratitud, recompensó al topo con unas monedas de oro y bien continuó su trayectoria, atravesando la zanja y sin torcerse por ninguna senda que le liara. El hombre no le quedó más remedio que ir agachado durante más de una legua y moviéndose por un corredor tan bajo que apenas mantenerse de pie y rectamente era una tarea inviable.
Cuando el mimo alcanzó el final del corredero se metió por un agujero amplio que desembocó en un cuarto, donde, repentinamente, cayó desde el techo abierto, y había tantos confetis y globos que apenas se discernía el suelo. El mimo alzó la vista y vio el orificio que bajó con decisión y miró que se posaba sobre él la urraca que le indicó que el ogro perdió la cabeza y que no existía remedio con la criatura. El mimo tuvo que divertir a un grupo de enanos que jugaban con los globos y que le dijeron que antes fueron amigos del ogro, pero que al enloquecer cavaron los pequeños hondamente hasta labrarse el refugio lleno de colores y diversión en el que vivían ahora.
El mimo se puso a practicar sus juegos de mímica y desplegó la cantidad de arte que tenía por todas partes sin dejar de asombrar a los enanos que se hartaron de aplaudir y de tirar confetis y de pasarse la cantidad de bonitos globos que flotaban por el ideal cuarto. Hubo una enanita que le dio un beso de lo bien que lo pasó con los juegos del mimo y los gritos sonoros de la urraca que no paró graciosamente de aletear.
- ¡Por habernos divertido increíblemente –exclamó con desenfado uno de los cuantos enanos- te sacaremos de este laberinto de rocas y grutas!
¡Sí, y es lo que hicieron! Los enanos le llevaron al mimo y a la urraca por una galería de conductos bajos y anexos por un lado al refugio que en tanto compartieron. Los enanos tras varias horas de caminar sin apenas descansos dejaron al mimo y a la quejosa urraca en un desfiladero que en su descenso terminaron en un jardín que era ideal y florido, regalándole el artista a los pequeños un puñado de piedras preciosas de la bolsa que birló al ogro. Durante semanas, el mimo y el pájaro vivieron con la miel que le aportaban las abejas, con el néctar de otras mariposas y con el calor que les ofrecía ricamente el sol.
El mimo se conjuntaba con plausible excelencia con numerosidad de bichos al alternar los tonos negriblancos y causando una rica combinación de fulgores y colores. A lo largo de esos días el mimo tendía su oscuro sombrero al aire para que después de las actuaciones le tiraran dentro comida que cogían muchos animales que le oían o que acudían a sus conciertos al aire libre. Hubo un día que la Reina de las Avispas le declaró la guerra al Rey de los Grillos y el único que pudo detener esa sangría fue el mimo al ponerse en medio de la lucha y encantándoles formidablemente con sus gráciles y adecuados movimientos, que entre los insectos firmaron un tratado de paz y al mimo le construyeron con plantas y tallos de flores una casita en mitad de esas tierras.
El mimo desde semejante paz se sintió tan en calma que se instaló en la nueva morada y la urraca con el ingenioso pico se labró un nido oportunamente sobre el tejado de su querido amigo. Desde luego, el mimo no había mañana que no se desenvolviera con la ilusión y la devoción con que siempre se ilustraba antes los demás. Y había no sólo bichos, también venían otras flores parlantes o árboles vivientes a oírle, e incluso otros animales y hasta vecinos de regiones próximas.
Al mimo de actuar tanto sobre ese tejado le crecieron raíces en la suela de los zapatos y hasta hoy en día el artista sigue anclado encima de esas tejas y sin dejar de efectuar mímica, posada la urraca en unos de los hombros. Y aunque no pudiera apenas moverse vivió por siempre felizmente y alimentado por el sol que, entre otros, no paraba de sonreírle y saludarle en cada amanecer al renacer el mundo con sus primeras y doradas luces.
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