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La encantadora

C ierta vez una niña cruzaba un bosque acompañada de sus cuidadores que le llevaban con sus padres. Situándose en lo más espeso de esas arboladas, salieron de entre las sombras unos asesinos, que los apuñalaron a todos menos a la niña, que, atemorizada, huyó y se escondió en la maleza. Los malhechores al no verla se fueron corriendo con lo que robaron en dirección contraria. La pobre niña se puso a llorar inconsolable: “Ayyy, ¡mis desafortunados cuidadores! ¡Qué tragedia! ¿Cómo llegaré a casa? ¡Quiero estar con mis padres! ¡Ay!”     Le entró a la muchacha un nerviosismo tan incontrolable que rebuscó cientos de caminos y en ninguno descubrió una salida, y buscó preguntas, pero no halló tampoco respuestas. Al anochecer, la niña temblaba de frío y tenía tanta hambre que se dijo que podría comerse hasta un jabalí entero con patatas. “No me queda otra. ¡Jo! ¡Tengo hasta sed! Habré de morir de hambre”, se lamentó la pequeña sentada sobre un tronco tirado y debajo de un gran árb...

Azalea

Érase una reina casada con un rey benigno y caudalosamente rico que tuvo una hija que era todo bondad. La pena es que a los pocos años la mujer murió por una rara peste y algunos acusaban a la sanadora real de haberla envenenado. Al rey y a su hija llamada Azalea les afectó en extremo, pero con el tiempo el monarca cogió cariño a la sanadora que le iba a visitar mucho y se enamoró de ella perdidamente. Tanto cariño se cogieron que se casaron y a la boda acudieron las hijas de la curandera que se les nombró princesas al igual que a la madre que fue reina.    Las nuevas princesas, faltas de clase y modales, no congeniaban con Azalea y diariamente se regodeaban de ella por cualquier cosa mala que la sucediera y la hacían toda guisa de granujadas. Sus hermanastras eran flores tan hermosas como la princesa legítima, pero alojaban dentro de ellas un corazón lóbrego y malvado. Azalea se mostraba con las dos con la mayor simpatía y todo lo que tenía lo compartía con gusto y generosida...